Algunas memorias sobre Aidita
Aidita tenía sus manías, la hacían tan ella, hoy inspiración de mis poesías. Desde guardar notas junto al comedor, hasta dejar siempre pulcra su cocina, sin nada alrededor. Nadie podía tocar su cama, pobre de aquel porque un regaño ganaba. Su cuarto era limpio a más no poder, uno podía entrar a dejar su ropa solo cuando se la pedía recoger. Ella se bañaba muy tarde en la noche porque luego nadie la podía tocar, ni siquiera un beso o pensar en abrazar. Ese era su momento, su rutina de cada noche. “No me toque que ya me bañé”, seguido de un reproche. Pero sus rutinas no eran solo para con ella, sino también para los demás. Levantarse temprano para cuidar de los suyos era algo que dejaría de hacer jamás. Solo hasta cuando su realidad empezó a mostrar fracturas, su amor era grande, pero su tiempo en la tierra le pasó facturas. De los tantos billones en la tierra, solo hubo una Aidita. Nosotros tuvimos mucha suerte, era nuestra abuelita. Santa Aidita de las Mercedes, a veces le solía decir, ya no la vemos en la Tierra, pero en el corazón la podemos sentir.
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